Las princesas Disney a través de las eras
Un repaso crítico a la evolución de las princesas de Disney, desde Blancanieves hasta Raya, y cómo cada una refleja los cambios en la percepción social de la mujer.
Podría apostar a que todos los que leen esto han visto en algún momento de su vida por lo menos un fragmento de alguna película de las llamadas Los Clásicos de Walt Disney. Y, por lo tanto, conocen por lo menos el nombre de una de las “princesas” que analizaremos a continuación.
Hemos crecido con estos personajes, y no podemos negar que las princesas, en particular, son ejemplos de vida para muchas personas, sobre todo las mujeres. Pero algo que muy pocos han notado es cómo estas princesas han evolucionado a lo largo de los años, cambiando conforme se ha ido modificando la percepción que se tiene de la mujer. Es posible que tal vez no estén de acuerdo con alguno de los siguientes argumentos, pero recuerden que se trata de una percepción personal.
Hace su aparición en la película Blancanieves y los Siete Enanos en el año de 1937, y es la imagen de la chica perfecta de su época. Es la representación clara de todo lo que se esperaba de una mujer en esos años.
Limpia la casa, prepara la comida y se queda en casa mientras los hombres —en este caso, los enanos— salen a trabajar. Es ingenua, y a leguas se ve que no es precisamente la más inteligente, cumpliendo así con los estereotipos vigentes de la década de los treinta.
Otro aspecto de su personalidad que es importante recalcar es que, cuando se encuentra en dificultades, solamente se limita a esperar a que llegue su príncipe a rescatarla, mostrando de esta forma sumisión y una nula capacidad de resolver problemas.
Aparece en la película Cenicienta en 1950 y, al igual que Blancanieves, cumple con todos los estereotipos que se tenían de la mujer en aquella época. Sin embargo, existen unos ligeros cambios: el primero y más notorio se nos muestra al comienzo de la película, y es el hecho de que, a diferencia de Blancanieves, Cenicienta tiene sus propias metas y sueños que desea cumplir.
Otro de los cambios que podemos descubrir con respecto a Blancanieves es que comienza a exigir derechos en cuanto al trato que debe recibir con respecto al resto de las mujeres —en este caso, la posibilidad de ir al baile, pues ella también es una doncella casadera—. Es en este punto donde vuelven los estereotipos: la película y el personaje nos vuelven a decir que la única forma en que una mujer podía conseguir algo era buscando un buen partido.
La Bella Durmiente, que vio la luz en 1959, fue sin duda alguna un retroceso en los logros obtenidos por Cenicienta nueve años antes. Con Aurora vemos una vez más a una chica no muy brillante que tiene que esperar pacientemente a ser rescatada.
Afortunadamente, en esta película no todo está perdido, pues cuando conoce al príncipe Felipe en el bosque expresa abiertamente su deseo de estar con él. Por desgracia, no hace más que eso, y acepta tranquilamente el “destino” que había sido preparado para ella, reforzando el estereotipo de que las mujeres no son capaces de tomar decisiones por sí mismas.
Entre Aurora y Ariel existe un mundo de diferencia, y no solo me refiero al hecho de que una vive bajo del mar, sino a que la protagonista de La Sirenita se presentó por primera vez en 1989, justo treinta años después de su antecesora, lo cual obviamente generó un sinfín de cambios en la personalidad de la princesa con respecto a Aurora.
Lo primero que debemos resaltar es que Ariel es independiente en muchas formas: busca aventuras e incluso desobedece abiertamente a su padre. Toma decisiones arriesgadas y asume las consecuencias. Es un ejemplo muy diferente al de las tres princesas anteriores. Sin embargo, el factor “príncipe azul” continúa en el aire; debido a esto, toda su gran personalidad se pierde cuando el príncipe Eric decide casarse con alguien más, remarcando una vez más el estereotipo de que sin un hombre no eres nada.
Es, sin lugar a dudas, la verdadera piedra angular en los cambios que se gestarían posteriormente.
Es la heroína de la película La Bella y la Bestia de 1991, y aunque muchos rasgos de su personalidad son similares a los de Ariel, hay detalles que la hacen sobresalir. El primer factor importante es que se trata de la primera princesa de la lista que en realidad no procede de la nobleza; en pocas palabras, es una chica normal que se convierte en princesa. Otro factor importante es que, a diferencia del resto, ella no está interesada en enamorarse: le fascina aprender y conocer nuevas cosas, lo cual se demuestra en su pasión por la lectura, y tiene metas que van más allá de lo que su pueblo puede ofrecerle.
Bella es también la primera de todas las princesas que cuenta 100% con el apoyo de su familia (en este caso, Maurice, su padre) en cualquier decisión que tome, mostrando de esta forma que puede ser responsable de su propia vida.
El factor “príncipe azul” simplemente no existe: en contraste con las princesas anteriores, ella no queda enamorada al instante del príncipe, sino que incluso llega a odiarlo, y conforme va pasando el tiempo y llega a conocerlo comienza a enamorarse, e incluso no se muestra segura o convencida de lo que siente. Es un personaje mucho más humano.
La primera princesa no europea de la lista apareció en Aladdín en 1992. Aunque no se perciben grandes cambios en la personalidad del personaje con respecto a la princesa anterior (Bella), la historia muestra algunos puntos importantes: es la primera princesa que se enamora de alguien que no es un príncipe, de hecho ni siquiera perteneciente a la nobleza. Otro aspecto importante es que, al igual que Bella, ella no está interesada en enamorarse, y sobre todo, la lección más importante es que nos muestra que las mujeres tienen el derecho a estar con quien ellas quieran, aun si “no les conviene”.
Primera y, hasta el momento, única princesa que está basada en una historia real. Protagonista de la película homónima, estrenada en 1995, continuó con la línea de princesas no europeas. A diferencia de su predecesora Jasmín, ella no cuenta con el apoyo de su familia e incluso es considerada traidora a su pueblo. Es la primera princesa que no se muestra sumisa en ningún tipo de situación; al contrario, reta abiertamente a quien sea necesario mientras intenta alcanzar sus metas, llegando incluso a sacrificar su vida por aquello que considera importante.
Es también la primera princesa que desempeña un papel político (Pocahontas II: Viaje a un Nuevo Mundo), dejando así de lado el estereotipo de que la mujer no puede realizar trabajos importantes. Como dato curioso, es la única princesa que se enamora de más de un solo personaje.
Continuando con las princesas no europeas, la heroína de la película Mulán de 1998 es, sin duda, una de las más polémicas e interesantes de la lista de Princesas Disney. ¿Por qué? Simplemente por el hecho de que ella no es princesa. Si tomamos en cuenta que, según las leyes monárquicas, solo se puede ser princesa de dos formas:
- Siendo hija de un rey (o su equivalente, como Jasmín y Pocahontas), o
- Casándose con un príncipe.
Pues bien, Mulán no cumple con ninguno de estos requisitos, lo que ha levantado polémica sobre si debe formar parte de la lista oficial de princesas. Pero, a pesar de ello, es uno de los personajes más revolucionarios porque simplemente demostró y enseñó a muchas personas que las mujeres pueden realizar cualquier labor con la misma o incluso mayor habilidad que un hombre. Es la primera princesa que entra directamente en la batalla de los sexos.
La primera princesa de raza negra llegó a nosotros en 2009 gracias a la película La Princesa y el Sapo. Dos hechos hicieron que esta princesa resaltara en los medios: el primero fue que es la primera princesa de raza negra —aunque no debería haber sido tan remarcable, pues Jasmín y Pocahontas también tienen un tono de piel oscuro—, y el segundo fue que su película significó el regreso de Disney a la animación tradicional después de un largo tiempo. Sin embargo, además de los detalles ya mencionados, el personaje tiene rasgos que vale la pena destacar.
Es la única princesa independiente y de la cual los hombres, y sobre todo un príncipe, no forman parte de sus planes (incluso jura que nunca lo necesitará); lucha sola por sus sueños personales y por el bienestar de su familia. Es, curiosamente, la princesa que retrata de forma más realista a la mujer moderna, a pesar de que la película se encuentra ambientada en las primeras décadas del siglo XX.
Del largometraje animado número 50 de Walt Disney Animation Studios, Enredados (2010), es la única princesa creada por computadora hasta ese momento, y aunque oficialmente entraría a la lista de Princesas Disney hasta el 2 de octubre de ese año, decidí considerarla.
Curiosamente, es la mayor de las princesas, pues tiene 18 años, mientras el promedio de edad del resto es de 16, sin embargo, es la más ingenua de todas y a la vez una de las más inteligentes. Ella lucha ante un mundo completamente desconocido con la única motivación de descubrir algo que la tiene intrigada. Aunque podría parecer que, una vez que se enamora, pierde gran parte de su personalidad deseosa de superarse, en realidad comienza a comprender que hay cosas ante las cuales existen prioridades. Otro factor importante es el hecho de que, aunque comienza a dar mayor importancia a Eugene, no pierde de vista que ella sigue siendo valiosa por sí misma, algo que muchas adolescentes olvidan cuando están en una relación.
Valiente (2012), de Pixar en colaboración con Disney, trae a la primera princesa cuya historia no gira, ni remotamente, en torno a un interés romántico. El factor “príncipe azul”, que hasta entonces solo se había ido diluyendo poco a poco, aquí desaparece por completo: a Mérida le ofrecen tres pretendientes por conveniencia política, y su arco entero consiste en rechazar esa premisa.
El conflicto central tampoco es contra un villano externo, sino contra su propia madre, la reina Elinor, y lo que representa: un molde de feminidad tradicional que Mérida se niega a habitar. Es hábil con el arco, prioriza su libertad sobre el matrimonio arreglado, y la resolución de la historia no llega con un beso, sino con la reconciliación entre madre e hija. Es, en muchos sentidos, la primera princesa cuya historia de amor central es familiar y no romántica.
Frozen (2013) nos da, por primera vez, dos princesas protagonistas a la vez, hermanas entre sí, lo cual ya cambia la dinámica de la fórmula clásica. Elsa es particularmente interesante porque es la primera princesa (en realidad, reina) cuyos poderes sobrenaturales le pertenecen a ella misma: no dependen de una maldición externa ni de un hada madrina, sino que son parte de su propia naturaleza, y su conflicto central es el miedo hacia sí misma, no hacia un enemigo.
Anna, por su parte, sirve casi como una deconstrucción consciente del cliché del amor a primera vista: la película la deja comprometerse con un desconocido en un solo día, y ese mismo desconocido resulta ser el antagonista. El giro final —donde el “acto de amor verdadero” que rompe el hechizo resulta ser el sacrificio de una hermana por otra, y no un beso romántico— es quizás la subversión más directa que Disney ha hecho de su propia fórmula hasta ese punto.
Moana (2016) lleva la tendencia un paso más allá: es la primera protagonista de esta lista cuya película no incluye, en absoluto, un interés romántico. Su arco gira completamente en torno a la identidad, el liderazgo y la reconexión con la historia de su pueblo. No hay villano humano que derrotar ni príncipe que la rescate; ella misma navega, literalmente, hacia la solución del conflicto de su comunidad.
Es, en muchos sentidos, el punto culminante de la línea que abrieron Mulán y Tiana: una protagonista completamente autosuficiente, cuya validación no depende de nadie más que de sí misma y de la responsabilidad que siente hacia su gente.
Raya y el Último Dragón (2021) presenta a la princesa más abiertamente “guerrera” de la lista, entrenada desde niña para proteger un fragmento de una gema mágica. Pero lo más interesante de su historia no es su habilidad para pelear, sino que el tema central de la película es la confianza: Raya debe aprender a confiar en gente de otras naciones después de que la desconfianza fragmentó su mundo generaciones atrás.
Al igual que Moana, su historia no incluye ningún interés romántico, y su conflicto es colectivo antes que personal: no busca un reino, un príncipe ni siquiera venganza, sino reconstruir la unidad entre pueblos que se odian entre sí.
Las Princesas Disney han evolucionado a la par de la percepción que se tiene de la mujer conforme pasa el tiempo. Sin embargo, algunas de ellas han llegado a ser ejemplos y pioneras en una revolución por igualdad de trato, a pesar de no ser esta su intención original. La lista incluye no solo a aquellas que son princesas por título, sino a aquellas que se consideran ejemplares en su forma de actuar —tal es el caso de Mulán—.
Viendo el recorrido completo, desde Blancanieves hasta Raya, el cambio es difícil de ignorar: pasamos de historias donde la meta de la protagonista era, literalmente, sobrevivir hasta ser rescatada por un príncipe, a historias donde el romance es opcional, secundario, o simplemente no existe, y donde la meta de la protagonista es su comunidad, su familia o ella misma. No importa si somos hombres o mujeres: todos podemos aprender de estos personajes y de las historias que las acompañan. Al fin y al cabo, estas princesas —las que están en la lista oficial, las que no, y las que están por venir— forman parte de nuestras vidas.