La evolución y las contradicciones del mito del Doctor
Cómo cada actor que ha interpretado al Doctor fue construyendo el mito pieza por pieza, la lenta caída de la serie clásica, el renacimiento con New Who, las contradicciones que sesenta años de continuidad inevitablemente generaron.

Hace poco hablé de por qué Doctor Who sigue funcionando después de sesenta años, y de cómo la regeneración es, probablemente, el mejor truco de supervivencia que se ha inventado la ciencia ficción. Pero me quedé con ganas de profundizar en algo que solo toqué de pasada: cómo cada actor fue construyendo el mito, capa sobre capa, y las contradicciones bastante graciosas que ese proceso terminó generando.
Así que aquí vamos de nuevo, con la misma cabina azul, pero viendo el mito desde otro ángulo.
Cada actor que se ha puesto en los zapatos del Doctor no nada más “interpretó” al personaje: le agregó una pieza que los siguientes heredaron, para bien o para mal. Así fue quedando la cosa, empezando por la era clásica:
- William Hartnell (Primer Doctor) puso la base: un viajero excéntrico e inteligente en una nave que nunca funciona del todo bien. Al principio era una figura bastante siniestra y huraña —nada del abuelito entrañable que uno se imagina ahora—, pero rápidamente “maduró” hacia algo más compasivo.
- Patrick Troughton (Segundo Doctor) metió al mito su ingrediente más importante: el cambio. Con él llegó la capacidad de renovarse, y su interpretación agregó una faceta de payaso bohemio que escondía, por debajo, una mente bastante astuta y manipuladora.
- Jon Pertwee (Tercer Doctor) lo convirtió en un héroe de acción con modales de aristócrata, muy inspirado en James Bond, y fue quien estableció la conexión duradera con UNIT y con la Tierra contemporánea como escenario recurrente.
- Tom Baker (Cuarto Doctor) es, probablemente, quien más consolidó la iconografía del personaje —sí, la bufanda interminable de colores es cortesía suya—, definiendo durante siete años el tono épico y las reflexiones pacifistas que uno todavía asocia con la serie.
Después de Tom Baker vino la parte que casi nadie quiere recordar: la lenta agonía de la serie clásica, cargada por tres Doctores que casi nunca se llevan el crédito que merecen.
- Peter Davison (Quinto Doctor) tuvo la tarea imposible de reemplazar a un ícono, y lo resolvieron reformulándolo como un joven de modales aristocráticos que mantenía, a propósito, una “prudente distancia” con sus acompañantes —para que nadie fuera a pensar que la TARDIS era un lugar de romance, dios nos libre. Su etapa apostó por un tono más serio y con más rigor científico, pero el vestuario le jugó en contra: le criticaron que fuera un poco “beige” y preppy, sin nada de la chispa alienígena que tenían sus predecesores.
- Colin Baker (Sexto Doctor) cargó con la peor parte: su era coincidió con una caída fuerte en la percepción del público y en el rating. La serie llegó a suspenderse 18 meses por las críticas al contenido violento y por un enfoque de “estilo sobre sustancia” que intentaba copiarle a Hollywood sin tener, ni de lejos, el presupuesto para lograrlo.
- Sylvester McCoy (Séptimo Doctor) fue quien le tocó cerrar la serie clásica. Intentó subirle el nivel narrativo metiendo de nuevo alegoría política bien ácida —sátiras directas al gobierno de Margaret Thatcher, nada sutiles—, pero ya era demasiado tarde: el horario de transmisión le jugaba en contra frente a la competencia, y el interés del público ya se había desplomado. Todo esto terminó en la cancelación de 1989, con audiencias de apenas 3 a 5 millones.
Y aunque el Quinto, el Sexto y el Séptimo hicieron esfuerzos genuinos por mantener viva la franquicia, ni ellos ni nadie pudo contra la sombra de Tom Baker ni contra los cambios de dirección dentro de la BBC. La serie clásica ya no iba a volver a tocar la cima cultural y comercial que tuvo en los setenta —al menos no en su formato de entonces.
La serie estuvo apagada dieciséis años, hasta que en 2005 la BBC decidió arriesgarse de nuevo. Y lo que volvió no fue exactamente lo mismo: era una versión más consciente de su propio pasado, más dispuesta a explorar el trauma del personaje en serio, y con presupuesto de verdad por primera vez (aunque aún se notaba la diferencia con una producción americana).
- Christopher Eccleston (Noveno Doctor) fue el encargado de reabrir la puerta, y lo hizo metiéndole al mito la carga de ser un sobreviviente de la Guerra del Tiempo: un hombre rudo, pero con estrés postraumático mal disimulado. David Tennant (Décimo) y Matt Smith (Undécimo) expandieron esa idea como “el hombre que se arrepiente” y “el hombre que olvida”, respectivamente, subiéndole la escala a algo parecido a un dios solitario.
- Las versiones más recientes, finalmente, le entraron a desafiar la hegemonía masculina y racial que el mito había cargado por décadas. Jodie Whittaker (Decimotercera) fue la primera mujer en el papel, y Ncuti Gatwa (Decimoquinto) trajo la primera encarnación negra y abiertamente queer, con una vulnerabilidad emocional y una fluidez de género que la serie nunca había tenido hasta entonces.
Si han estado poniendo atención, notarán dos ausencias en lo que hemos visto, y esto es porque creo que ambos merecen su propio espacio aparte —y no, no es solo porque sean mis Doctors favoritos (bueno, también, pero no solo por eso).
Lo de Capaldi (2014-2017) tiene algo que ningún otro casting de la serie ha tenido: es un actor que fue fan de la serie desde niño, y para quien el papel fue literalmente el cumplimiento de un sueño de infancia. Eso, de entrada, ya lo vuelve un caso aparte.
El regreso a la seriedad. Después de la energía juvenil y frenética de Tennant y Smith, Capaldi le devolvió al Doctor un peso que lo hacía sentir, otra vez, como un viajero milenario y no como el vecino carismático de junto. Al principio de su etapa era calculador, astuto, y hasta poco fiable con su propia companion, Clara Oswald. Pero su arco de tres temporadas es, para mucha gente del fandom (incluyéndome), el de mayor desarrollo de personaje en toda la era moderna: pasó de ser una figura distante y “vieja y gruñona” a alguien abierto, despeinado, y que terminaba sintiéndose como tu mejor amigo.
El vestuario como carta de amor. Sus chaquetas de terciopelo y sus pantalones de tartán eran una influencia directa de Hartnell y Pertwee —o sea, estaba vestido como un homenaje andante a los orígenes del personaje. Y a diferencia de otros Doctores con un “uniforme” fijo, el suyo fue el armario más variado de todos, con sudaderas y camisetas que le daban ese aire de estrella de rock retirada.
“El hombre que acepta”. Si el Décimo era “el que se arrepiente” y el Undécimo “el que olvida”, al Duodécimo se le conoce como “el hombre que acepta” —la fase final de todo el proceso de sanar el trauma de la Guerra del Tiempo. Y su era incluyó episodios como Heaven Sent (2015), prácticamente un monólogo de cuarenta minutos sobre el duelo y la soledad, que sigue siendo de lo más aclamado por la crítica en toda la serie.
Fuera de cámara, esa pasión de fan de toda la vida se le notaba: hasta diseñó una estatua del oso Paddington con temática de Doctor Who para una subasta benéfica. Y para mucha gente que creció con la serie moderna, Capaldi fue el Doctor que demostró que, aunque tu “primer Doctor” haya sido otro, él podía convertirse en tu Doctor definitivo solo por la complejidad de su actuación. Su despedida, además, cerró el círculo perfecto: se encontró con el Primer Doctor (ahora interpretado por David Bradley) en su episodio final, Twice Upon a Time, uniendo el origen del mito con su versión más reflexiva.
Entre 1989 y 2005 —los famosos “años del desierto” para el fandom— la serie estuvo fuera del aire. Y sin embargo, no solo sobrevivió: prosperó, gracias a un ecosistema entero de medios que nunca dependió de la televisión. Paul McGann, a pesar de haber protagonizado solo la película para TV de 1996, terminó siendo la figura central que mantuvo vivo el mito durante todo ese tiempo.
La explosión de la literatura. Sin episodios nuevos, las historias siguieron en papel, y de forma bastante más oscura y adulta que en la serie original. Las Virgin New Adventures (1991-1997) expandieron el universo con un tono más complejo, y ahí mismo fue donde futuros showrunners como Russell T Davies y guionistas como Mark Gatiss empezaron a forjar su propia visión del personaje. Y con la película de 1996, McGann se volvió el Doctor titular de una extensa serie de novelas —las Eighth Doctor Adventures— que le dieron a su versión del personaje una personalidad byronesca y romántica que la pantalla nunca alcanzó a mostrar.
Big Finish y el renacimiento sonoro. El impacto más grande para McGann vino de otro lado: los audiodramas de Big Finish Productions, donde ha interpretado al Octavo Doctor en cientos de producciones desde finales de los noventa. Eso le dio, en términos de horas de contenido, una “vida” bastante más larga y rica que la de cualquier otro Doctor —tanto que esta rama de la franquicia tiene el récord Guinness a la serie de audiodramas de ciencia ficción más longeva del mundo. El éxito de estas producciones fue justo lo que le demostró a la BBC que el público seguía hambriento de más Doctor Who, aunque no hubiera una serie semanal en pantalla.
Los fans como curadores del mito. El resto se lo debemos a la propia comunidad. Doctor Who Magazine —que celebró su número 600 en 2024— fue clave para mantener cohesionado al fandom durante todo el hiatus, funcionando casi como la memoria histórica oficial de la serie. Y los propios fans se dedicaron a rescatar episodios perdidos y a generar sus propias historias, construyendo ese “mega-texto” interconectado que terminó abarcando decenas de medios distintos.
McGann, al final, fue el puente perfecto entre la era clásica y la moderna: la prueba de que el Doctor podía seguir siendo una figura central de la identidad británica incluso sin una sola semana de televisión en antena.
Construir un “mega-texto” durante seis décadas, con docenas de guionistas distintos que nunca se pusieron de acuerdo entre sí (algunos ni siquiera coincidieron en al mismo tiempo en el planeta), iba a dejar cabos sueltos. Y vaya que los dejó:
- El origen del Doctor. Durante décadas la historia oficial fue simple: es un Señor del Tiempo de Gallifrey que huyó robándose una TARDIS. Pero en 2020 llegó la revelación del “Niño Intemporal” (Timeless Child), que le movió el piso a todo: resulta que el Doctor viene de otro mundo completamente distinto, y es, de hecho, el origen mismo de la capacidad de regeneración de los Señores del Tiempo. O sea que la mitología que llevaban explicando desde los sesenta, en el fondo, estaba al revés.
- El límite de regeneraciones. En 1976 se estableció que un Señor del Tiempo solo podía regenerarse doce veces —trece vidas en total—. Esa regla se ha roto (o de plano se ha ignorado) varias veces: al Undécimo Doctor le dieron un ciclo completo nuevo de regeneraciones de regalo de los Señores del Tiempo al final de su vida, en un episodio de The Sarah Jane Adventures el propio Doctor bromeó con que podía regenerarse 507 veces, y la revelación del Niño Intemporal deja abierta la posibilidad de que haya tenido vidas infinitas antes de su supuesta “primera” encarnación.
- Ni siquiera el nombre del proceso se sostiene. Hartnell hablaba de “renovación”. Troughton, de un “cambio de apariencia”. El término “regeneración”, como lo conocemos ahora —un proceso biológico estándar de los Señores del Tiempo—, no se estableció hasta el cambio del Tercer al Cuarto Doctor.
- ¿Se reconocen entre ellos o no? El Décimo Doctor asegura que los Señores del Tiempo “siempre” se reconocen entre encarnaciones, sin importar cuánto cambie el cuerpo. Pero cuando el Quinto Doctor se topa con el Décimo, no lo reconoce en absoluto —cree que es simplemente un fan disfrazado. Ni la propia serie se pone de acuerdo en esto.
- La bi-generación. Tradicionalmente, regenerar implicaba que un cuerpo moría para dejarle el paso al siguiente. Eso también se rompió: el Decimocuarto Doctor experimentó una “bi-generación”, donde su cuerpo se dividió en dos, dejando que ambas encarnaciones —la 14 y la 15— coexistieran al mismo tiempo. Algo que, hasta ese momento, no tenía ningún precedente dentro del mito.
- Y luego está el cine. En las películas de los años sesenta, Peter Cushing interpreta a un científico humano llamado, literalmente, “Dr. Who”, que inventó su propia máquina del tiempo por su cuenta. Lo cual contradice, de raíz, toda la naturaleza alienígena que la serie de televisión estableció desde el principio.
Y aun con todo ese desastre de continuidad encima —o quizás gracias a él—, el personaje sigue de pie, sesenta años después, tan indomable como siempre. Al final, ese es justo el chiste del mito: no importa cuántas veces se contradiga a sí mismo, sigue siendo, contra toda lógica narrativa, el Doctor.