Hay momentos en la vida que están predestinados a suceder: Cuando te despides de alguien, pero resulta que van hacia el mismo lado y ahora tienen que caminar juntos en un silencio incomodo. O cuando entras a tu cuarto, la cocina —o lo que sea— y se te olvida a qué ibas y te quedas ahí, con la mirada vacia viendo a un punto en medio de la nada, esperando a que tu cerebro termine de cargar.

Cuando eres un usuario de Linux, uno de esos momentos inevitables —como Thanos— es el distro hopping. Los sintomas son facilmente reconocibles: abres una pestaña del navegador y escribes en la barra de búsqueda “best Linux distro”… Un par de horas después estás viendo videos de alguien instalando Debian en un refrigerador o de alguien compilando su propio kernel.

Etímologicamente, es literalmente “saltar entre distros”. Es decir, el distro hopping es el hábito —¿bueno o malo?— de cambiar de distribución de Linux con cierta frecuencia, pueden ser horas, días, meses…

A veces existen razones técnicas legítimas detrás de estos cambios, la mayoría de las veces es por puro aburrimiento, y otras tantas es una extraña combinación entre ambas que nadie logra explicar del todo.

Pero, esto es solo una definición, y como sabemos, las cosas no suelen ser tan simples. Porque ser hopper, no es solo estar cambiando de sistema operativo. Es un estado mental. Una búsqueda de algo que muchas veces ni siquiera tu sabes qué es.

Sin embargo, hay patrones que podemos identificar en la mayoría de los casos.

Todo empieza de la forma más inocente posible. Llegas Linux —quizá instalando Ubuntu o Mint, porque te dijeron que era bueno para los principiantes— y todo funciona, bueno, mas o menos. Pero siempre termina llegando un momento en que algo falla, generalmente cuando ya estás lo suficientemente adaptado y confiado como para volver a Windows —ya no le tienes miedo a la terminal—, o lees un artículo, o en algún foro alguien dijo que por eso “uso Arch, btw!”.

Dí adiós a tu último momento de paz.

Investigas, entras a foros, lees artículos, cadenas de correos —si llegas a estas últimas, lamento decirte que lo tuyo ya es grave—, y descubres que Ubuntu no lo es todo, que hay decenas, si no es que cientos de formas distintas de hacer Linux. Diferentes filosofías, distintos gestores de paquetes —deb, yum, yay, dnf, ¿pacman?—, distintos entornos de escritorio; unos más personalizables que otros, diferentes compromisos entre estabilidad y novedad. Y tu cerebro —traicionero como siempre— concluye que si hay tantas opciones, seguramente la que tienes no es la mejor.

Para cuando te das cuenta ya estas descargando la ISO de Fedora porque, aunque quieres experimentar y tener lo mas nuevo, te mantienes en la línea de lo “no tan complicado”. Luego Manjaro, las distros rolling release suenan emocionantes. Luego OpenSUSE porque alguien muy convincente en Reddit lo recomendó —obviamente con KDE—. Y de pronto te descubres a las tres de la mañana compilando desde cero los controladores de tu tarjeta wifi en una instalación personalizada desde cero en Arch.

Cada distro llega con la promesa de ser diferente, de resolver lo que la anterior no resolvía. Estas convencido de que la distro perfecta para tus necesidades existe, solo tienes que encontrarla. Haz caído en el rabbit hole.

El distro hopping existe porque Linux lo permite de una manera que ningún otro sistema operativo lo hace. En Windows o macOS solo hay una forma de hacer las cosas. En Linux hay veinte, y cada una tiene sus caballeros de brillante armadura dispuestos a morir en la línea defendiéndola. Es una libertad maravillosa y al mismo tiempo la trampa más grande de todas.

Cada vez que algo no funciona de la forma exacta en que lo quieres, el instinto no es “voy a aprender a configurar esto” sino “a lo mejor en esta otra distro ya viene implementado”. Y muchas veces es verdad. Pero la mayoría de las veces solo estás huyendo, y no de un problema técnico, sino de la incomodidad que genera no poder aceptar que aún no dominas tu entorno.

Pero no te preocupes, como en la adolescencia —¡no es una fase mamá!—, eventualmente aterrizas en algo y te quedas. No porque sea la distro perfecta, sino porque llegaste a un punto donde el costo de empezar desde cero otra vez supera con creces los posibles beneficios que tenga la siguiente novedad.

En algún punto sencillamente dejas de buscar la distro ideal y empiezas a construir tu sistema ideal, sin importar cual es la base. El distro hopping termina cuando ya no buscas una distro que resuelva tus problemas, sino que comienzas a resolver tus problemas con la distro que ya tienes.

¿Cuál es la distro perfecta? La que ya te da pereza cambiar. —No es cierto, claramente es Gentoo, solo que les da miedo—